Hola. Nuevamente estoy con ustedes. No había publicado nada en mi blog, debido a que estuve muy ocupado, en concluir mis estudios, en buscar trabajo y varias cosas más. Pero ahora trataré de publicar algo de vez en cuando y en los momentos que pueda. Hoy les traigo este cuento político, que hay que tomar en cuenta que fue escrito por Ray Torres, un colega cercano hace poco más de dos años y no tiene el contexto de la pandemia actual que estamos afrontando, pero espero que lo disfruten.
SEÑOR PRESIDENTE, NO IMPORTAN LOS COLORES
Por Raymundo Torres
Ha pasado un año desde el triunfo electoral del presidente, quien arrasó con más del 50 por ciento de los votos. Sin duda, su triunfo legítimo es enorme. Pero la pregunta que se hace la gente, tras el triunfo de este candidato y el inicio de una “cacería de brujas” y la polarización del país en dos bandos es: ¿eres chairo o fifí?
-No sabría -contestó el joven periodista a la entrada de la sala de prensa del Palacio Ejecutivo Federal. La pregunta, sin duda, fue indiscreta, ya que este periodista no estaba interesado en las corrientes y vaivenes de la política nacional. En el fondo, era existencialista y no le importaba quienes contra quienes peleaban en el enorme tablero de juego político que abarca todo el país, sólo que se supiera la verdad.
Cuando fue anunciada la llegada del señor presidente, el joven caminó, en medio del tumulto, hacia las sillas designadas para los periodistas; se sentó y vio como la gente de su alrededor pertenecía a otra realidad. Una realidad marcada por la polarización e ideologías que, en el fondo, nada significan, capaces de derrumbarse como castillos de naipes, cada vez que las azota el viento de la verdadera realidad, la esencia de los seres humanos.
En esa realidad, todos están “clavados” en la polarización, en notas periodísticas, reportajes, crónicas, libros y más libros sobre como arreglar un país que nunca ha sido arreglado, en medio de la insignificancia que comparte con el planeta en medio del universo.
Y ahí estaba el joven periodista, junto a un anciano columnista, Felipe Torres Martínez, que siempre se quejaba de los gobiernos (fuesen del partido que fuesen, pues de ahí obtiene sus recursos económicos), así como un camarógrafo de las grandes televisoras, que en sus noticieros acostumbran decir mentiras.
El joven recordó a un escritor, Philip K. Dick, que siempre dudaba de la realidad en la que vivía, claro, porque toda esa polarización es una esquizofrenia de la sociedad, llamada política. Detrás del periodista se sentó un anciano, de la misma edad que el presidente, unos setenta años, aproximadamente.
El anciano vestía de traje negro, usaba una corbata de un color oscuro, con un aspecto serio y amenazante. Exhibía unas actitudes de misterio, de paranoia y vigilancia extrema.
El periodista no le había dado importancia al anciano fumador que se sentó detrás de él, pero éste último vigilaba a ese “chismoso”, como le decía en secreto al periodista, pues había divulgado últimamente, que el país no andaba muy bien, porque las cifras de muertos por actos delictivos no bajaban, la Guardia Nacional no se le veía muy activa y porque el dinero no alcanzaría para el “Nuevo Trato para el Bienestar”, una serie de ambiciosos programas sociales que eran acusados de clientelismo. Así que motivos sobraban para que el anciano vigilara al periodista.
Y en eso, un vocero anuncia: -Damas y caballeros, el señor presidente de la república… -El periodista no prestó atención al nombre completo, mientras aquel decía: -El pueblo…Se los voy a decir…éste, éste…se los adelanto… -El presidente toma un poco de aire- …el pueblo está feliz, feliz, feliz…hay un ambiente de felicidad…el pueblo…está contento, muy contento…mucho muy contento…
El presidente agarra otra bocanada de aire y prosigue, esta vez, en un tono más fuerte, casi como si estuviera gritando- …alegre está el pueblo…no hay mal humor social… -acabó de vociferar el presidente, dejando sorprendida a toda la audiencia, en especial, al joven periodista. Espera, espera, espera, ¿qué lo del mal humor social no lo dijo el anterior mandatario, el del copete? ¿Qué no fue criticado por eso, cuando el país se desmoronaba? -pensó el joven periodista.
Y justamente pensó en encarar al presidente. Míralo, sólo es un pobre viejo que sólo dice disparates; y no es por ser derechista o fifí, sino que hay algo que nos dice que ésta no es la realidad.
El periodista agarró valor y se comenzó a levantar para preguntar por…lo que sea…
No importa, no importa si preguntaba al presidente por los índices de violencia en aumento, la gasolina que no sube, ni baja (una ansiedad para el cerebro y para el tanque del coche), lo que sea… Pero cuando vio el imponente rostro del presidente, no pudo resistirlo… y le preguntó por los festejos de la independencia…
-Van muy bien. Ya estamos ocupados en los preparativos…Habrá…habrá un desfile, como nunca se ha visto en los últimos veinte años. El festejo será a lo grande. Y lo mejor, no gastaremos, como los anteriores mandatarios neoliberales que solo…derrochaban inmensas fortunas…Van muy bien -articuló el presidente, de manera lenta, pausada, como le gusta hablar, en su estilo favorito.
Después, el periodista alzó nuevamente la mano y le preguntó:
-Señor presidente, ¿no le parece que hay otras prioridades? Digo, ya casi lleva diez meses de mandato y no han disminuido las muertes por actos delictivos, el precio de la gasolina no ha bajado, los productos se siguen encareciendo y el salario mínimo no alcanza. ¿No le parece demasiado ‘triunfalismo’ al decir, seguro de sus declaraciones, de que el pueblo está feliz? –
Sin inmutarse, el presidente respondió:
-Sé que hay personas…que no están de acuerdo con estas declaraciones de que el pueblo está feliz, pero le aseguro que los datos no mienten…los datos de los que yo dispongo…me indican que sí…que el pueblo está feliz…Le aseguro que no, que no es demasiado triunfalismo…decir que tendremos un gran festejo, a la altura de la Cuarta Transformación –
-Datos, ¿Cuáles datos? ¿Los de usted? -contestó un poco altanero el periodista
-Sí, los datos de los que yo dispongo- le dijo el presidente- ¿Alguna otra pregunta, joven? –
– ¿Cuándo dejará de llamar “prensa vendida o fifí o conservadora” a los que no piensan como usted? -le reclamó el joven periodista, sumergido en una vorágine de emociones intensas, como si, de repente, se hubiera adscrito a una causa política, aunque él sabía que no era así.
El presidente, al oír la pregunta, se quedó serio, tan serio como una de las estatuas del Palacio Ejecutivo Federal, que, sin embargo, rebosaban de más vida que el mandatario estremecido por una pregunta que le llegó como misil táctico antiaéreo, de boca de un joven periodista que ni se reconocía como chairo, ni como fifí.
Sin embargo, a los ojos del presidente, él era etiquetado como “fifí”, sin importar todos los intentos por desligarse de la etiqueta y probar que sólo estaba en desacuerdo en algunos temas, pero no era desleal al gobierno, ni a su país.
-Anda usted muy “gallito”, ¿verdad? -le espetó el presidente, evadiendo la pregunta
-No, no lo estoy. Sólo quiero que se sepa la verdad- le dijo seriamente el joven periodista
-Excelente. Pero no debe buscarse con base en acusaciones calumniosas- recriminó el presidente al joven periodista.
-Señor presidente, quiero p.…-dijo el periodista, queriendo preguntar, pero fue interrumpido por uno de los reporteros “favoritos” del presidente, que soltó la siguiente lambisconería:
-No pienso que haya inconvenientes en su discurso triunfal, señor presidente. Pienso que el tiempo de ser pesimistas debe quedar atrás. Nuestro país, que está más feliz que nunca, merece una celebración de nuestra Independencia a la altura de los éxitos de la Cuarta Transformación. Como miembros del gremio periodístico, podemos permitirnos aplaudir y respetar sus intenciones tan buenas, respecto de los festejos para honrar a los héroes que nos dieron patria. ¡Qué viva la República! ¡Viva la Cuarta Transformación! ¡Viva el presidente! ¡Por un gobierno que en verdad haga más feliz a la gente, que viva el presidente!
El presidente sólo respondió con un “gracias” y declaró terminada la conferencia de prensa, la más corta en lo que lleva gobernando. El joven periodista se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia la entrada del recinto donde se llevó a cabo la conferencia. El anciano fumador lo empezó a seguir. Ya casi llegaba a la puerta del Palacio Federal, cuando el viejo lo abordó.
-Buen discurso -le dijo el anciano al periodista, con un tono sarcástico
-Sólo hice mi trabajo con entrega, con pasión -contestó un poco estremecido el periodista
– ¿No le molestará que le sugiera algo? -habló un poco amenazante el anciano fumador
-No, ¿por qué? -contestó un poco dudoso el periodista
-Porque, porque… -el anciano se puso a pensar-
Le sugiero que modere su discurso- respondió, amenazante el viejo, mientras sacaba un cigarrillo y comenzaba a fumar. La cajetilla era de una marca, cuyo distintivo es un logotipo, rematado con una flecha roja. El joven periodista comenzaba a destilar desconfianza.
– ¿Por qué he de restringir mi trabajo? -preguntó irritado el periodista
-Porque, me parece que ni al presidente, ni a mí, ni al gobierno le conviene ese discurso punzante, desangrante, que incita al odio. Mire como es la política, mida sus declaraciones. No se deje llevar por intereses de sectores que solo quieren dañar el prestigio de este gobierno.
-Pero sí ustedes son los que polarizan y calumnian. ¿Qué no podemos ejercer nuestra libertad de expresión?
-La libertad de expresión no existe- comenzó a responder el viejo fumador- Es un mito en nuestro país-
-Uy sí, como la pobreza -le respondió sarcásticamente el periodista
– Déjeme terminar…Es un mito, porque…en la práctica, nosotros aniquilamos a gente como usted- diciendo el viejo con palabras cada vez más amenazantes al periodista
– ¿Aniquilan ustedes? ¿Ustedes quiénes? ¿Los del gobierno? –
-No, los que somos del gobierno en las sombras. Los que verdaderamente controlamos el país. Los que los dividimos con cada proceso electoral y cada gobierno “oficial”. Los que verdaderamente poseemos todo y disponemos de ello cuando se nos antoja. ¿Cuándo dejará de ser ingenuo y creer en verdad todo lo que le estoy diciendo? –
-Cuando ustedes dejen de controlar, enajenar y esclavizar a cada habitante del país, incluyéndome a mí- contestó algo triste y amargado el joven periodista
-Está pidiendo peras al olmo. Está deseando lo imposible. Cómo diría un sacerdote: “Enmiéndese amigo”, desengáñese de la vida, de los hechos, de las mentiras. Viva una verdadera vida y déjenos los asuntos del país a nosotros- le dijo, de manera propositiva, el anciano fumador
– ¡No! ¡No mientras desangren a la pobre y mísera gente! –
-Entonces usted está perdido- respondió mucho más amenazante el viejo fumador, dando una orden para que escoltaran al periodista unos misteriosos “tipos de negro”, con lo que el periodista comprendió que el anciano es el verdadero jefe de la ayudantía, el ahora “Pequeño Estado Mayor Presidencial”, el jefe de facto a cargo de la seguridad del presidente.
El joven periodista se fijó en su peinado, recordándole al ingeniero al que le hicieron fraude en el 88. No pudo soltar ni una palabra cuando los miembros de la ayudantía se lo llevaron, haciéndolo ingresar por la fuerza a una furgoneta blanca, con el rótulo “Guardia Nacional” en mayúsculas, en los costados.
En la sala de interrogatorios, el joven periodista, despertó. Había sido rociado con gases tranquilizantes mientras se trasladaban a la Base Militar número 1, mítica, por haber sido recluidos ahí, algunos de los estudiantes que habían protestado contra el gobierno, cincuenta años atrás, en el 68.
Ahora él, el primer periodista que en verdad le había contestado sin lambisconería al presidente, se hallaba ahí. Por, por un presidente que había dicho que en campaña no sería un dictador encubierto, pero que, en realidad era eso y más. Qué tenía un adjunto tan frívolo y escalofriante, como los agentes del partido nacionalista, de insignia tricolor, que hicieron esas cosas tan infames. Oh, pobre periodista. ¡Y ahora él iba a sufrir! ¿Qué destino le deparará dentro de esas instalaciones de la base militar, pero en sus búnqueres subterráneos?
Se oían ruidos de animales de la selva, provenientes de unas bocinas, instaladas en lo alto de las esquinas de la habitación. El joven periodista se preguntó, para sus adentros: ¿Dónde estoy? No veía nada, pues tenía los ojos vendados. Estaban atadas sus manos y piernas en una silla.
Otros ruidos que se oyen son los de un lugar cerrado, sin ventanas; ruidos como de objetos que golpean barrotes, como si fuese una cárcel; ruidos de botas pesadas que transitan cada tanto minuto, ¿o segundos?
De repente, el anciano fumador y dos guardaespaldas, con su típica vestimenta de “hombres de negro”, entran. El anciano le dice a uno de los guardaespaldas que le quite la venda de los ojos al periodista. Éste lo hace y cuando el joven periodista por fin puede verlos, habla afanosamente:
– ¿Qué es este lugar? ¿Porqué me han traído aquí?
-No se preocupe, no lo vamos a asesinar, ni a desaparecer. Sólo quiero hablar con usted unos minutos- le dice en tono sereno, casi paternal el viejo fumador.
– ¿Qué es lo que quiere de mí? -pregunta nervioso el periodista
-Que usted y yo conversemos -contesta el anciano fumador sin complejidades, en tanto se abstiene de realizar esa costumbre, en una instalación subterránea, qué, para colmo, no posee aire acondicionado.
El calor es tremendo. El viejo ordena soltar al periodista y sus subordinados cumplen la orden. Luego les pide que esperen afuera.
Cuando el viejo y el periodista quedan solos, el viejo se quita su saco y lo coloca en un perchero de metal que está en una esquina. La sala en donde están da una sensación de parecer una cabina de radio, mezclada con una sala de interrogatorios, cuyo asiento del prisionero se asemeja a una silla eléctrica, que, de hecho, lo es.
-Buenos días. Hoy lo sacaremos de su área de confort. ¿Pensó usted que los asuntos políticos sólo se limitan a elecciones o escándalos? Prepárese para saber “la verdad”- comenzó proponiendo el viejo.
-Hoy le hablaré de este tema, que es tan delicado como tratar a las mujeres excesivamente agresivas- le recalca el viejo al periodista, mientras le da unas palmaditas en la espalda. El periodista se queda observando sorprendido, tal vez del comentario políticamente incorrecto tirando a lo misógino. El viejo lo observa y se le adelanta en la respuesta:
-Disculpe que usted sea tan políticamente correcto y yo su contrario. Me crie en un hogar excesivamente machista… contesta el viejo con seriedad, dejando entrever sutilmente una burla.
-Ya veo… -le responde el periodista, sumamente serio.
El viejo está de pie, rara vez se sienta, pues el estar de pie enfatiza y refuerza su retórica, sin simular ninguna debilidad o flaqueza que el periodista trate de explotar a su favor.
-Primero, ¿por qué el presidente es así? ¿Por qué nos divide, nos considera adversarios? –
-Porque ustedes buscan una verdad. Una verdad qué, según ustedes, permitirá “hacerle un bien al país”. Pero yo sé que no existe.
– ¿Cómo?
-Mire usted. Más de cincuenta años al servicio del régimen me dan la razón. He visto desde las terceras, segundas y primeras líneas que cada presidente no le interesa el país. Lo que le interesa son sus índices de popularidad, que su idea política sea la que domine. No importa la verdad, sino la percepción de una verdad, la que vende el presidente y el partido gobernante, para legitimarse, para servir a los “amos del mundo” y para enajenar a las masas. No hay diferencia…-el viejo da un sorbo a su café-…entre aquellas masas de los años 60 y las actuales. Lo único que las cambia… es su adicción a los nuevos inventos tecnológicos- sentenció el viejo.
-No importa, porque mis compañeros de profesión y yo, trataremos de derribar eso…de erosionarlo. El deber de informar es nuestra prioridad- le dice, algo confuso, el periodista.
– ¿Informar qué? ¿Una verdad? Una verdad que, debería saber usted que es subjetiva, no representa el conjunto completo. Puede creer lo que quiera. Nosotros lo hacemos.
– ¿Nosotros? Dirá “usted” -le reprocha el periodista
-Exacto. Porque ha de saber que comencé mi carrera desde 1958, cuando, al calor de la “guerra fría”, el presidente necesitaba “hombres capaces”, capaces de sustentar el régimen y operar en las sombras…
– ¿Está hablando de espionaje y misiones secretas? -preguntó pasmado el periodista
-Sí, así es. Operaciones secretas, sabotear a nuestros enemigos del bloque del este, ayudar al vecino del norte, etcétera, etcétera… -hace una pausa el viejo, sin duda, para tomar un vaso con agua y sentarse, pues se siente algo cansado-
En 1968, me tocó arrojar las “famosas bengalas”, e iniciar la “operación de limpieza”, de unos jóvenes rijosos, agresivos, que amenazaban los Juegos Olímpicos-
– ¡Esos jóvenes eran inocentes! Eran unos luchadores sociales. ¿Qué tenía de malo que se manifestaran por buscar mayor libertad y justicia? -reclamó el periodista
-Es que esa “libertad” y esa “justicia” son inalcanzables. En nuestro país no existen, ni existirán. No se pueden aplicar- dijo fríamente el viejo
-OK, OK, OK. De acuerdo, ¿pero no cree que ya ha sufrido bastante el pueblo?
-El pueblo, el pueblo, el pueblo… ¡Siempre el pueblo! Aquí no hay tal pueblo, sólo unas migajas de la historia. Gente que nunca será parte de la historia. Sólo que son anónimos. No destacan. Su destino es sufrir. Siempre lo ha hecho, ha soportado y creo que seguirá soportando.
– ¿No cree que sea injusto?
Se hace un silencio de unos cuantos segundos. El viejo fumador se levanta, camina hacia el dispensador de agua y se sirve otro vaso. Se sienta otra vez, en silencio.
-Le vuelvo a preguntar, ¿no cree que sea injusto que sufra la gente?
El viejo, tras una larga pausa, no contesta, como si ocultara algo. En su mente, divaga entre pensamientos que se forman, como su comisión a la “CIA”, a principios de los años 70, su participación en el “halconazo” en 1971; su búsqueda de mayores glorias… para dejar de ser un simple General, un Secretario de Defensa, un solo sexenio y luego el retiro. El periodista, desesperado, interrumpe sus pensamientos:
– ¿Y el país, que?
-Todos tenemos prioridades. El sostener al régimen, es el mío. Puedo decirle que, después de la “guerra sucia”, en el 76, ascendí bastante rápido. Oh, ¡no tiene idea de lo que he visto, de lo que supe, de todos los secretos a los que he tenido acceso!
-Deben ser los secretos más oscuros de los gobiernos anteriores…-contestó algo abatido el periodista.
-Cómo ni idea tiene- asevera el anciano fumador.
– Y, con todo esto, ¿a dónde quiere llegar?
-A donde usted nunca ha llegado. A que tenga el privilegio de que se le abra, por primera vez, el almacén, el arca de los secretos de Estado de nuestro país a un periodista -le dice serio, concentrado en sus palabras, gesticulando un poco con sus manos el viejo.
– ¿Por qué?
-Para que abandone el idealismo, ya que debe saber que nada, ninguna esperanza nos salvará. Que fuera de aquello que llama “ideologías”, “objetividad”, e incluso, “verdad”, no hay nada. Estas son cosas creadas por y para humanos, no para las demás formas de vida, ni para los objetos inertes que nos rodean… -hace una pausa el viejo, mientras se levanta y camina hacia un expendedor de agua, se sirve un vaso y lo bebe lentamente.
– Como le decía, los objetos inertes, como el sol, por ejemplo, no tienen una ideología. Se llama el sol, porque los humanos, nuestros antepasados le llamaron así. Representa algo. Pero por sí mismo, el objeto no tiene una ideología, cuyo cúmulo de distintas corrientes del pensamiento sólo ocupa un minúsculo punto azul pálido en la inmensidad del Universo. -hace otra pausa, vuelve a beber otro trago de agua-
-Nuestras señales de televisión y las sondas interplanetarias que hemos enviado a los confines más lejanos, son, hasta ahora, nuestros únicos puntos de avanzada con los que hemos de perder el control sobre ellos algún día. Sé de esto, y sé de todas las ideologías con las que cargaban los gobernantes en su fuero interno. -nuevamente, el viejo hace una pausa y se recarga sobre la mesa- He visto esos secretos, he visto la inmensa mediocridad del ser humano en el universo y todavía, ¿se atreve a hablarme de realidad?, ¿de la objetividad’, ¿de la verdad, acaso? Oh, ¡por favor! ¡No piense en eso! Viva su vida, de manera tranquila, sin sobresaltos. A nadie en estos días le importa la verdad, cree en lo que quiera creer, pues todos hacemos eso hoy en día.
-Los secretos que verá no son nada, en comparación con lo que le acabo de decir -terminó de hablar el viejo, un poco exhausto por la extensa conversación.
El periodista, al acabar de escuchar lo anterior, se queda pasmado, no alcanza a articular palabra alguna.
-Levántese y sígame- le dice en voz baja el viejo.
El periodista obedece. Los dos caminan a través de la sala de interrogatorios y salen de ella. Caminan a través de un pasillo con paredes grises, en algunas partes, de concreto; en otras, recubiertas de láminas de metal. En otras, de paneles de absorción del ruido.
Al final del pasillo, luego de haber presionado la palma de su mano contra la placa detectora en el dispositivo de chequeo, el viejo fumador y el joven periodista entraron a la bóveda. Se pararon al avanzar un poco por el pasillo central de la enorme bóveda. El viejo, nuevamente tomó la delantera en la discusión:
– ¿Leyó usted el libro “El decenio extraviado”?
– Sí, y no me gustó -le contesta serio, algo amargado el periodista.
– Bueno, es una excusa para hablar del presidente -dice el viejo
-A mí parecer… Desde mi percepción, me parece que ese tipo de gobierno no es benéfico, aunque ganó la mayor rebanada del pastel, no me parece que el rumbo sea totalmente correcto.
-Y me va a echar en cara las opiniones de esos cobardes columnistas de los periódicos. Si no necesito que me digan lo que tengo que pensar- le dice el viejo fumador, en tono burlón
-Sí, ¿y qué más?
– Usted sabe bien que hay opiniones y “advertencias” extendidas a su partido, en el que han ingresado desertores de otros partidos, con el afán de ganar “un hueso”, para seguir viviendo de él, corrompiendo el movimiento del presidente y ganando gracias al efecto que lleva su nombre, creyendo que al cambiar de “marca” y vivir cobijados bajo su manto, han de purificarse y ser “buenos”.
– Exactamente. Porque he visto como cada día ingresan más oportunistas a ese partido y dañan su imagen, haciendo un montón de tonterías… ¿Por qué el viejo “dinosaurio”, que hace tres décadas era secretario de gobernación y dijo que se “cayó el sistema” es ahora funcionario de la empresa de electricidad nacional? -preguntó dudoso el periodista.
-Eso es muy sencillo. Yo se lo recomendé al presidente, ya que ese viejo “dinosaurio”, como usted lo llama, vino a pedirme un favor, y se lo concedí. No importan sus crímenes. Será un valioso distractor para mis planes. Él era secretario de gobernación en los ochenta. Abandonó el poder después de seis años. Yo, en mi posición, retuve el poder por poco más de treinta años, sin ser el presidente y sin ser como don Porfirio Díaz. Sé de sus virtudes y defectos, sé también de Calles y como se mantuvo por seis años tras bambalinas. Yo tuve más éxito. Ahora, líderes, funcionarios, militantes, socios… de todos los partidos y corrientes, vienen a verme. No saben que trabajo para su enemigo, lo suponen, pero nunca están seguros de ello. Siempre asesoro, así, ellos creen que no tengo el poder, pero se equivocan. No saben que poderes tengo. Aconsejar, proteger, e incluso bloquear el acceso al presidente y bloquearle el acceso cuando considero que no es conveniente…
– ¿Cómo se atreve a hacer eso? ¿Por qué antes no supe que usted era “el poder en la sombra”? ¿Cuánto pudimos haber cambiado y no lo hicimos? -grita furioso, con lágrimas en los ojos, el periodista. Al acabar de decir estas palabras, se tira en el suelo, en posición fetal y comienza a llorar. El viejo fumador, se sienta en el suelo, recargado en uno de los estantes de la bóveda.
Ya tranquilo, el periodista se levanta.
– ¿Qué tan absoluto es el poder del que dispone el presidente? -dice, con voz aún entrecortada y succionando su nariz el periodista.
El viejo, una vez más, no vuelve a contestar. El periodista, al observar sus gestos al estar silencioso el viejo, entiende la situación.
-Pero, yo creía que usted estaba con ellos. ¿Por qué dice esto?
-Porque siento que es hora de ser verdaderamente honesto con usted. En todo lo que he visto, sé que la verdadera tragedia es que los partidos y los presidentes nunca han estado a la altura de las circunstancias. Se regodean en su mediocridad, conformismo e inercia. No deciden, rara vez actúan. Él -refiriéndose al presidente- será recordado por lo que pudo hacer y no hizo. Por todo lo viejo del régimen que sigue vivo entre nosotros. Él había denunciado a aquellos políticos mediocres, para luego tomarse la foto junto a algunos de ellos, incluyéndome.
-Es lo que he dicho, en prácticamente…toda mi carrera- le dijo el periodista.
-La gente es muy tonta, sigue creyendo que el país va a cambiar. El presidente no lo escuchará. Renuncie a esa idea. Deje de buscar y ver que pasa con él…
-Ver qué. Que el país se siga desmoronando. Yo no lo creo. ¿Qué pasa con este gobierno?
-Se le dijo adiós, adiós al chairismo. Los más radicales fueron marginados. Lo cual no diferencia tanto a él de los demás gobernantes. El pragmatismo sustituye a la lucha ideológica.
– ¿Por qué él habría de asumir una posición distinta a la del pasado?
-Porque va evolucionando a político gobernante, dejando atrás las campañas y la lucha opositora. Su pasado ya no existe, paradójicamente, se convierte en lo que detesta.
– ¿Cómo cree que será recordado? -preguntó seriamente y manifestando a su vez, una creciente curiosidad el periodista.
-Como los expresidentes… -responde el viejo, en un tono muy serio.
-No sé que decir- contestó anonado el periodista.
-No diga nada- soltó amenazante el anciano fumador. -Otra cosa, ponga atención, esto es importante.
El periodista se levanta de donde estaba sentado, cuando estaba casi llorando unos instantes antes. El viejo, al verlo levantarse, también lo hace.
-Lo que le voy a decir es lo siguiente: Todos estaremos a prueba, no confíe en nadie. No sabemos completamente qué es lo que sucederá. Usted saldrá de este lugar, donde tuvimos esta conversación, que oficialmente, nunca existió. Pero debe saber que ni la política, ni las ideologías deben importar. Se lo recalco una vez más, porque todo eso en lo que usted cree, es solo una construcción humana. Fuera de toda la humanidad y de la Tierra, no existe. Ahora, puede irse.
Los dos salen de la bóveda y caminan de regreso, a través de los laberínticos pasillos de las instalaciones donde se hallaba encerrado el periodista, que fue escoltado a la salida por el viejo fumador. Al salir, el periodista ve que se ha nublado un poco el cielo. Éste camina por los jardines de la base militar. Un guardia le pregunta, en la entrada, quién es y qué hace allí; pero una llamada de radio, de parte del viejo, aclara todo. El guardia le dice al periodista que puede salir.
Más tarde, cuando una discusión en un café, entre el periodista y algunos de sus colegas, junto a otras personas con opiniones dispares, llega al extremo de la confrontación maniqueísta acerca de las posturas políticas, uno le pregunta:
– ¿Eres chairo, o fifí?
El periodista, algo anonado por su experiencia con el anciano fumador, contesta:
-Ninguno de los dos. Eso no importa. Todas las ideologías son construcciones humanas, incluidas las ideologías políticas. Fuera de nuestra especie, no importan, porque no existen. He perdido totalmente la fe en el gobierno, sean del partido que sean, de los colores que tengan… ¡No me importa! Sólo son un mal necesario… -dijo con total desdén.
Todos quedaron sorprendidos por la respuesta. Durante el resto de la plática, ya nadie le alzó la voz al periodista acerca de posturas ideológicas, bandos, opiniones, maniqueísmos, porque en realidad no importan. El periodista, por fin, comprendió que la verdad es imposible alcanzar, ya que nunca se podrá ser lo suficientemente objetivo, honesto, neutral y un montón más de conceptos que quién sabe porque se inventaron. No le importa. Por primera vez, al periodista, en toda su carrera, no le importa la verdad, porque no existe. Es una construcción humana. Alzó la mirada al cielo, luego la volvió a bajar al suelo, vio que se acercaba un taxi, lo tomó y siguió su vida con rumbo desconocido.
FIN
NOTA: Nuevamente recalco que este cuento corto estaba planeado para publicarse originalmente en 2019 o en 2020. Como tal, la pandemia del COVID-19 aún no hacía su aparición, por lo que su presencia fue omitida de este relato por decisión de mi colega. A pesar de ello, me comenta que este relato enfatiza que el actual gobierno ha quedado muy por debajo de sus expectativas y que, como ciudadanos no solo hay que tener fe al gobierno, sino realizar nuestras aportaciones, sobre todo, en momentos de adversidad. Aquí se evalúa que ningún partido político será totalmente confiable y que, en ocasiones, el gobierno es un mal necesario. Esperamos que se suscite a una reflexión sobre lo que hacemos y a donde vamos. Gracias por su atención.